Ochoa (9)

Ochoa, ya degradado, durante la farsa judicial

El discurso termina con una demanda grotesca: que Ochoa, arrepentido de sus actos, infunda en el ánimo de sus hijos, tras un análisis autocrítico, la justeza de la decisión de los tribunales si estos lo condenan a la pena capital. Qué mayor manipulación puede haber que obligar a un reo a convencer a sus propios hijos de que su mal proceder justifica su muerte. Es obvio que Ochoa accede a esta solicitud, que entraña una amenaza a sus descendientes, para protegerlos. De la aparente tolerancia y magnanimidad del discurso de Raúl se infiere, además, la posibilidad del perdón, seguramente ofrecida en la oscuridad de su celda a cambio de su autoinculpación. Puede pensarse que tal esperanza y el deseo de proteger a su familia son los que conducen a Ochoa al inequívoco reconocimiento de las culpas que se le imputan. ¡Carajo!, escribí en el margen de mi libro al final de esta declaración. Me acordé de Heberto Padilla y su obligada contrición, sí, pero también de las víctimas del estalinismo más recalcitrante, como Nikolái Ivánovich Bujarin y Alexéi Ivánovich Ríkov, cuyos escalofriantes casos han sido relatados por el escritor cubano Leonardo Padura en su reciente y extraordinaria novela El hombre que amaba a los perros dedicada a Trotski. Y de Milovan Djilas y Arthur Koestler y Alexandr Solzhenitsyn y Milan Kundera.
Gonzalo Celorio

The speech ends with a bizarre claim: that Ochoa, repented of their actions, instill in the minds of their children, after a critical analysis, the correctness of the decision of the courts if they are convicted to death. What more manipulation may be that requiring a defendant to convince their children that their wrongdoing justifies his death. Ochoa is obvious that access to this application, which pose a threat to their descendants, to protect them. The apparent tolerance and magnanimity of Raul’s speech follows, also the possibility of forgiveness, certainly featured in the darkness of his cell in exchange for his self-incrimination. You may think that such a hope and desire to protect his family are what lead to the unambiguous recognition Ochoa faults against him. Damn!, Wrote in the margin of my book at the end of this statement. I remembered Heberto Padilla and his forced contrition, yes, but also from more recalcitrant victims of Stalinism, as Nikolai Ivanovich Bukharin and Rykov Alexei Ivanovich, whose chilling cases have been reported by the Cuban writer Leonardo Padura’s recent and extraordinary novel man who loved dogs devoted to Trotsky. And Milovan Djilas and Arthur Koestler and Alexander Solzhenitsyn, Milan Kundera.
Gonzalo Celorio

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